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Diario Sur
23 de Marzo de 2004

 

Un enfermero bajo la piel: la bomba de insulina da otra vida a niños diabéticos

 

La diabetes condiciona la vida de muchos niños, obligados a pincharse cada dos horas. El Materno ha empezado a colocar un dispositivo que mejora la calidad de vida de estos enfermos

 

No puede ni disfrutar de un día de excursión junto a sus compañeros de clase ni permitirse el capricho de salir a cenar una hamburguesa con sus amigas. Laura Martín tiene 12 años, pero su vida no es la misma que la de que cualquier niña de su edad. La diabetes que padece desde hace cinco años le ha marcado su actividad diaria . Hasta el punto de que, como ella misma afirma, está «atada a la insulina». «Siempre he tenido que levantarme muy temprano, incluso los fines de semana, y si he querido irme a la calle un rato nunca me he alejado porque cada dos horas sé que he de subir a casa a pincharme».

Hace unos meses su situación se complicó. Su metabolismo empezó a rechazar el tratamiento, llegó a perder seis kilos de peso y tuvo que ser ingresada en más de una ocasión con más de 700 miligramos de azúcar en la sangre. Este vuelco en su enfermedad fue decisivo para que los doctores de la unidad de diabetes del Materno decidieran convertirla en una de las primeras pacientes de la provincia en probar las bombas de infusión continua.

Del tamaño de un busca

Este aparato administra insulina subcutánea a través de un pequeño tubo que se pincha en la piel. Va conectado a un dispositivo del tamaño de un busca que lleva un depósito de insulina en su interior. Una vez programada por el equipo médico, la bomba administra de manera continua una cantidad basal -cantidad constante- de insulina. Además, coincidiendo con las comidas, el enfermo se inyecta dosis extras en función de la glucemia que tenga en ese momento y de la cantidad de hidratos de carbono que vaya a ingerir.

La primera reacción de Laura cuando el médico le propuso probar esta nueva terapia fue de rechazo. «Me daba miedo porque no sabía cómo iba. Eso de bomba no me sonaba nada bien», bromea. A pesar de sus recelos, aceptó colocarse el nuevo dispositivo que, para su sorpresa, tuvo efectos inmediatos. «Es increíble, cuando vi que en solo dos horas había recuperado mis niveles normales de glucemia le dije a mi madre que a mí ya no me quitaban esto ni queriendo. Yo ya no pienso separarme de él».

Desde que tiene la bomba la calidad de vida de esta niña ha aumentado. «Ahora tiene mucha más libertad. Puede dormir hasta más tarde y ya no tiene los horarios tan rígidos de comidas. Esto le ha dado la vida», subraya su madre, Montse Álvarez. «Incluso he podido ir por primera vez a una excursión a Granada», añade Laura.

En un primer momento, Begoña Zamora (14 años) pensó que se le iba a notar demasiado y que sería muy difícil de manejar. Sin embargo, cuando el doctor le aseguró que con la bomba no tendría que estar pinchándose continuamente, no tardó en dar el sí quiero.

Al igual que Laura, padece diabetes y lleva años esclava de esta enfermedad. «Lo peor para mí son las inyecciones de insulina. Me tenía que poner unas 11 diarias, más los pequeños pinchazos en el dedo para controlarme constantemente el nivel de glucosa».

Gracias al nuevo sistema, Begoña ha encontrado, al menos, un alivio a su calvario. «Ahora sólo me pincho cada tres días, cuando me cambian el catéter. Además el aparato tiene una alarma que avisa de cuando algo va mal, lo que te deja más tranquila».

Actualmente, la Unidad de Diabetes del Materno atiende a unos 300 niños, de los cuales un 15 por ciento podrían beneficiarse de esta nueva terapia, que lleva experimentándose tres semanas en Laura y Begoña.

 

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