|
No
puede ni disfrutar de un día de excursión junto a sus compañeros de
clase ni permitirse el capricho de salir a cenar una hamburguesa con sus
amigas. Laura Martín tiene 12 años, pero su vida no es la misma que la
de que cualquier niña de su edad. La diabetes que padece desde hace cinco
años le ha marcado su actividad diaria . Hasta el punto de que, como ella
misma afirma, está «atada a la insulina». «Siempre he tenido que
levantarme muy temprano, incluso los fines de semana, y si he querido irme
a la calle un rato nunca me he alejado porque cada dos horas sé que he de
subir a casa a pincharme».
Hace unos meses su situación se complicó. Su metabolismo empezó a
rechazar el tratamiento, llegó a perder seis kilos de peso y tuvo que ser
ingresada en más de una ocasión con más de 700 miligramos de azúcar en
la sangre. Este vuelco en su enfermedad fue decisivo para que los doctores
de la unidad de diabetes del Materno decidieran convertirla en una de las
primeras pacientes de la provincia en probar las bombas de infusión
continua.
Del tamaño de un busca
Este aparato administra insulina subcutánea a través de un pequeño tubo
que se pincha en la piel. Va conectado a un dispositivo del tamaño de un
busca que lleva un depósito de insulina en su interior. Una vez
programada por el equipo médico, la bomba administra de manera continua
una cantidad basal -cantidad constante- de insulina. Además, coincidiendo
con las comidas, el enfermo se inyecta dosis extras en función de la
glucemia que tenga en ese momento y de la cantidad de hidratos de carbono
que vaya a ingerir.
La primera reacción de Laura cuando el médico le propuso probar esta
nueva terapia fue de rechazo. «Me daba miedo porque no sabía cómo iba.
Eso de bomba no me sonaba nada bien», bromea. A pesar de sus recelos,
aceptó colocarse el nuevo dispositivo que, para su sorpresa, tuvo efectos
inmediatos. «Es increíble, cuando vi que en solo dos horas había
recuperado mis niveles normales de glucemia le dije a mi madre que a mí
ya no me quitaban esto ni queriendo. Yo ya no pienso separarme de él».
Desde que tiene la bomba la calidad de vida de esta niña ha aumentado. «Ahora
tiene mucha más libertad. Puede dormir hasta más tarde y ya no tiene los
horarios tan rígidos de comidas. Esto le ha dado la vida», subraya su
madre, Montse Álvarez. «Incluso he podido ir por primera vez a una
excursión a Granada», añade Laura.
En un primer momento, Begoña Zamora (14 años) pensó que se le iba a
notar demasiado y que sería muy difícil de manejar. Sin embargo, cuando
el doctor le aseguró que con la bomba no tendría que estar pinchándose
continuamente, no tardó en dar el sí quiero.
Al igual que Laura, padece diabetes y lleva años esclava de esta
enfermedad. «Lo peor para mí son las inyecciones de insulina. Me tenía
que poner unas 11 diarias, más los pequeños pinchazos en el dedo para
controlarme constantemente el nivel de glucosa».
Gracias al nuevo sistema, Begoña ha encontrado, al menos, un alivio a su
calvario. «Ahora sólo me pincho cada tres días, cuando me cambian el
catéter. Además el aparato tiene una alarma que avisa de cuando algo va
mal, lo que te deja más tranquila».
Actualmente, la Unidad de Diabetes del Materno atiende a unos 300 niños,
de los cuales un 15 por ciento podrían beneficiarse de esta nueva
terapia, que lleva experimentándose tres semanas en Laura y Begoña.
|